Cerró los ojos para tratar de parecer dormido. Ella cogió sus cosas y atravesó la puerta sin mirar atrás. Se levantó. Miró por la ventana, la veía alejarse por la calle. Encendió el ordenador, puso algo de música. Respiró profundamente. Se sirvió un vaso de whisky. Se sentó frente a la misma ventana, observando la calle. Aquella noche había llovido intensamente y todo estaba mojado, hacía frío en la calle, la ventana empañada transformaba la realidad. Se volvió a llenar el vaso. Instantáneamente el corazón le dio un vuelco. Era ella. Volvía. Se acercó a la ventana y con el puño hizo un pequeño círculo. Ella le vislumbró y echó a correr. El fue a abrir la puerta, ella llegó cual brisa de verano en un día caluroso. Se besaron, se tocaron, se abrazaron… pasaron el resto de la noche juntos, y así noche tras noche, hasta que el amor los consumió…
Abrió los ojos. El aire estaba cargado de alcohol y tabaco. No sabía cuántas horas había dormido. Se giró en su búsqueda. Ella no estaba. En su intento de no molestarla durante su cobarde huida se había quedado dormido. Se había quedado quieto viendo como se marchaba. No había hecho nada por evitarlo. Podía no ser el amor de su vida, podía no ser más que la persona que le hiciera feliz durante años, su nueva mejor amiga, o una persona de la que aprender alguna valiosa lección de la vida, pero por el miedo a equivocarse… perdió su oportunidad.
No era necesaria una bola de cristal para ver los espíritus en torno a él. Todos le observábamos y comentábamos, casi se podría decir que le habíamos cogido cariño. Una noche tranquila decidí darle un poco de conversación, no recordaba que hubiera tenido muchas visitas y así me mantendría entretenida un rato. Se llamaba Juan y tenía 78 años. Había sido abogado en uno de los mejores bufetes de Barcelona. Había viajado por todo el mundo, había pisado desde los barrios más pobres de china hasta lo mejores restaurantes de nueva york. No se quejaba de su vida, todo lo que había querido lo había podido conseguir, su esfuerzo lo había hecho posible. A los 75 años se truncó todo un poco. Le descubrieron un cáncer de pulmón que le consumió poco a poco. De repente sonó mi busca. Había una urgencia y me necesitaban. Dejé la conversación aparcada y salí corriendo.
Volví a los dos días para continuar con nuestra conversación. Juan estaba sentado al lado de la ventana. Traje café y me senté a su lado.
-Cuéntame mas sobre tu vida- Le dije
-Sobre mi vida queda poco por decir, he vivido mucho, pero no tengo mucho que lo demuestre- contestó amablemente.
-¿Qué hay sobre su familia?- Le pregunté.
-Nunca llegué a formar una familia- respondió.
-¿Por algún motivo en especial?
-No encontré una mujer que encajara en mi vida. O quizás no quise que ninguna encajara… - Respondió mirando a través de cristal.
-¿Por qué dice eso Juan?
-Era feliz con mi vida, pero tuve miedo de tenerlo todo. Eché a todo el mundo de mi alrededor porque creía que así sería más feliz. No teniendo ataduras. – Su voz iba perdiendo fuerza tras cada palabra
-A veces es la mejor opción, no le haces daño a nadie y puedes vivir sin preocuparte por ello. Aun así estoy segura de que alguien piensa siempre en usted- Respondí intentando subir su ánimo.
-¿Qué opinas sobre la muerte?- Su expresión había cambiado. Me miraba temeroso.
-Que ante ella todos somos iguales.
-¿No le tienes miedo?
-Creo que quien hace lo que debe en su vida no teme a la muerte.
-¿Crees que yo debiera temerla?- Su mirada estaba clavada en mi.
-¿Cree que vale la pena temerla?- respondí.
Permaneció callado mirando a través del cristal. Me comentó que tenía frio y quería descansar. Le ayudé a tumbarse y me fui. Notaba como los espíritus le rondaban, es una sensación extraña pero cuando trabajas en un hospital lo notas. Sabía que lo nuestro había sido una despedida, aunque siempre esperas equivocarte. Al día siguiente nada más llegar fui a verle. Efectivamente no estaba. Pregunté a las enfermeras y me lo confirmaron. Entré en su cuarto y encima de su mesita había algo, era una carta a mi nombre. La abrí sentada en la misma silla donde el día anterior nos cuestionábamos la vida. Constaba solo de dos líneas. “Querida Ana no sigas mi ejemplo. Ama sin reglas, vive sin ellas. Créeme, la vida cuanto más vacía, mas pesa.”
Allí estaban, entre sus manos temblorosas, cogió sus sentimientos y sensaciones, y sin más, los lanzó al agua. Ya estaba cansada de la soledad, cansada de la tristeza, cansada de la angustia y el temor, cansada de los nervios, cansada del remordimiento… cansada... cansada hasta del cansancio… Estoicamente se levantó, me miró y dijo no te preocupes por mi, estaré bien. Yo miré sus sentimientos, algunos como la perseverancia aun flotaban, otros como la melancolía ya se habían ahogado… y sentí al verla con paso decidido un fuerte vacío, me quede pensando todo lo que habría desperdiciado por no volver a llorar…
Nunca volví a tener amigos como los que tuve cuando tenía doce años, aquellos tiempos en los que la amistad es pura, eterna e inocente. Aquellos amigos que lograban que un árbol fuera un barco y un banco una cascada. Aquellos amigos cuya mayor traición podían ejercer contra tu persona era no elegirte a la hora de hacer equipos de futbol, contarle a fulanito que te parecía guapo o no guardarte el sitio en la cola. Aquellos amigos que te protegían, que te enseñaron a querer, a compartir, a luchar, a ganar y a perder. Aquellos amigos que conocían a la perfección tus gustos, que juraron por siempre ser tu hermana de kétchup, que te prestaban los tazos cuando tu te los habías olvidado, aun a riesgo de que los perdieras. Aquellos amigos que se emocionaban porque cumplías años, porque te hacías mayor, aquellos amigos con los que soñabas envejecer. Aquellos amigos que ibas a conservar por siempre. Por aquellos amigos que siempre permanecen en mi recuerdo. Aquellos amigos que me enseñaron que merece la pena tener amigos.
- No sé como ni dónde, pero acabaré con su vida un día de estos.
- No puedes matarlo.
- ¿Quien lo dice?
- Es inmortal.
- Nadie es inmortal.
Años invertidos en planes que nunca funcionaban, pero ella continuaba intentándolo. Decía que lo hacía por el bien de todos, pero en realidad era porque sabía que uno de los debía morir, y él jugaba con ventaja. El siempre sabía donde ella se hallaba, controlaba sus acciones, regía su vida. En cambio ella, había invertido su vida en buscarle, y jamás logró hallarle. Pasaron los años, fue envejeciendo y como a todo ser humano le había llegado su turno. En pleno lecho de muerte pidió que le trajeran el viejo reloj de bolsillo de su padre. Partió el cristal con sus débiles dedos, provocándose sendos cortes que ya poca importancia tenían. Era su venganza… era lo más cerca que jamás estaría de matar al tiempo.
-El calor hace que las terrazas se llenen, la gente toma cervecitas fresquitas…
-Seguro que las habían enfriado en nuestro cuarto. En serio Juan, no me convences, aquí hace mucho frío. –Replicó ella.
-Eres muy quejica. No es para tanto.
-¿De verdad que el radiador no funciona? – Dijo con voz de corderito degollado.
-¿Porque te iba a mentir? – Respondió el indignado
-Ah, ¡yo que se! – volvió a replicar, mientras le abrazaba con mas fuerza intentando que su pecho le transmitiera calor.
Se acurrucaron bajo las mantas. Era una noche de otoño, llovía incesantemente y hacía tormenta. Ana decidió quedarse a pasar la noche porque en tales situaciones no quería coger el coche. El frío había llegado de golpe y les cogió por sorpresa. Juan se ofreció a dormir en el sofá pero al poco tiempo Ana apareció tiritando. No había sido premeditado, pero Juan agradecía la inoportunidad del radiador porque obligaba a Ana a quedarse a su lado. Tardaron mucho en dormirse,no paraban de hablar y reir,mientras ella se quejaba. Cuando por fin se estaba quedando dormida, Juan inconscientemente le dió un beso en la frente. Ella no quiso decir nada, sonrió para sus adentros. Sabía que era cierto. Se estaban enamorando.